El rayo de luna hiere a la nube
que camina, triste barca
en el ya negro espejo.
Algún que otro rayo rompe la monotonía
que se ha apoderado del tiempo,
un grillo entona su patético lamento.

Los girasoles están teñidos de muerte
los arbustos levantan su mirada al cielo
buscando quizá un punto de escape
para no sentirse tan presos.

En un momento se abre la tierra,
un sonido de turquesa
hace temblar los tallos de las flores,
siembra la incerteza de los pinos
de los montes junto al mar
levanta pequeñas piedras
esparcidas por el suelo
y parecen querer juntarse
como quizá lo estuvieron antaño, de nuevo,
y se levanta una suave brisa
y arranca a las hojas de sus ramas
y se ve una sombra que se aleja
por un solitario sendero.

(5 de abril de 1996)

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