Una tarde de sábado, en el café de las delicias, con la primavera asomando por la puerta.

Hoy soy y no soy, estoy y no estoy, muto y permanezco. Bajo mis párpados se desata un arcoírico caleidoscopio, un compás de tres cuartos a punto de estallar, un traspiés que desemboca en risas.

Las voces tejen un manto que se eleva hasta el techo y luego desciende suavemente para dar lugar al siguiente latido de realidad, radicalmente distinto al anterior y singularmente bello en su constancia.

Veo como puentes de aire se extienden y colapsan a mi alrededor, como jocosos juegos de naipes ejecutados por un prestidigitador ágil, agitado, sutil y esquivo.

Y yo floto en medio de todos esos puentes. Descubro que todo se ve hoy tan pequeño y tan abajo mientras mis pies se mueven ligeros y felinos provocando apenas pequeñas ondulaciones de realidad en el mundo.

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