Canta el río tenue
de un latido,
la negra sonatina
de un momento,
de un fuego,
de una bala,
de lo que parece
que no es
que es amigo
de la sombra
que más alegra
al tiempo tosco
de un grito agudo.

Tiembla por que nada,
nada, resulta
ser más
de lo que el aire prometió,
de un silencio
agudo que nos rompe la sién,
del callado hueco por donde,
el agua siente frío
de palabras rotas
de un pétalo de dolor de sangre
que nos embarga
que encerró el mundo
dentro de su mano
sintiendo el negro gusano
que lacera el barro,
ya inerte.

(19 de marzo de 1996)

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