Tendrás el pelo negro como el azabache y largo como la promesa del infinito. Tus ojos encerrarán dos lunas llenas y tu piel será tan clara como tu alma. Te encontraré, lo sé. No falta mucho. Entonces me sumergiré en tus pupilas mientras murmuro “te he buscado durante tanto tiempo…”

Viena (8 de septiembre de 2008)

 

En Berlín apenas empiezan a caer las hojas y el viento hace de ellas una alfombra otoñal. Así mi corazón se convierte en una sábana que se extiende por el mundo haciendo de cualquier lugar mi casa. A veces los lenguajes son extraños pero la comprensión es siempre universal.

Y aquí estoy yo, en otro tren, otro avión y otro camino viajando por la seda translúcidad de mi corazón, lleno de alegría y tranquilidad porque sé que todas las calles que mis pies navegan, todos los momentos que traspasan mi alma me pertenecen.

(Berlín, 13 de septiembre de 2008)

 

La música nos envuelve en un eterno caminar con forma de danza. Respiremos entonces, no aire sino las notas de colores que, bailarinas, nos arrullan y convierten en vaivén de mar.

Sintamos que entre el suelo y nuestras suelas no hay más distancia que la de un suspiro. Puede que entonces nuestras manos se unan a las de otro danzar, que nuestros dedos se fundan en caderas ajenas. Convirtámoslas en propia y dejemos que nuestros cuerpos se tornen humo de colores y furiosos remolinos de aire saltarín. Sintamos entonces como, poco a poco, de dos alientos surge uno más olvidado de sí mismo y a la vez más luminoso.

(Berlín, 12 de septiembre de 2008)

 

En los caminos donde estés, estoy.
A los lugares donde te encuentres,voy.
En los momentos en los que te olvidas,
Yo Soy.

(Sarajevo, 29/08/08)

 

Camina sólo hacia el lugar que te susurra el corazón.
Sólo así te pertenecerá el camino.
Sólo así tendrás un tesoro a compartir.

Colliure, 04 de mayo de 2008 / Modesto tributo a Machado

 

El que escucha en las sombras
el que se arrastra dentro de su propio yo.
El que cierra los ojos al amanecer
el que vive persiguiendo la estela
que dejaron los meses de atrás
donde todo era luz y era bueno.
Dando tumbos a pesar de saber
hacia donde se dirige el camino.
El que se olvida de ser el primero
el más amable, el más clemente
ante las dudas, las contradicciones,
los deslices…
Es duro caminar sobre un suelo hollado
que te hace avanzar en mil direcciones,
doblando tus rodillas e inclinando
tu cabeza sin saber que eres él,
el que está allí, el que sólo tiene
que erguir la espalda y poner a volar la mirada
para levantarse ligero sobre la niebla de los días.

 

Asdaén salía del vestuario con el pelo todavía mojado y los huesos doliéndole tras el partido. No había tenido su mejor día. Llevaba su portátil junto a la bolsa de deporte. Sin embargo, se encontraba animado y se dirigía a la salida del pabellón charlando animadamente.

Todos se fueron yendo y al final quedaron Eisnar y él hablando del sábado, de una barbacoa y de una fiesta. Era una buena oportuindad para quedar y a Asdaén le atraía la idea de celebrar el último fin de semana que le quedaba libre en Barcelona durante el próximo mes. Inevitablemente, hablar de la fiesta supuso hablar de las chicas, y las chicas en abstracto les llevaron a hablar de una chica en concreto. Desde hacía algún tiempo, Eisnar tenía una especie de relación itinerante por diversas ciudades europeas con una mujer. Se encontraban en París, en Milán, en Belgrado…
Eran una pareja de novela de entrega por capítulos en la que en los protagonistas encontraban reposo y hogar en los abrazos del otro sin importar donde estuvieran. A Eisnar le iba bien, todavía quería vivir su libertad y disfrutaba de las ventajas de la madurez, de una relación en la que las dos partes ya han sufrido desengaños, no esperan más de lo debido y saben apreciar las pequeñas joyas de la confianza mutua.

Asdaén comprendía perfectamente. Él estaba justo en el mismo lugar aunque para él no había ninguna mujer ni ninguna novela (bueno, quizá sí, pero Berlín queda tan distante después de tantos amores lejanos…). “Es normal” dijo al fin Asdaén “todos llegamos ahí después de recibir el gran golpe, el primer desengaño”. “Sí.” contestó Eisnar “Pero no te equivoques, el primer gran desengaño puede que no sea el último. A mis años llevo varios y el último ha sido el peor. Una historia terrible, terrible. La chica, Roena, era preciosa, perfecta, pero tenía tantos, tantos problemas”.

Las palabras surgieron de la boca de Einar como un hechizo y le de repente el mundo se desvaneció en los márgenes de la mirada de Asdaén. Sus ojos quedaron enfrentados a un espejo intemporal que se empeñaba cruelmente en mostrar meses ya remotos en el calendario pero no así en el alma.

“Es perfecta, perfecta” se dijo en su primera semana con Liis. Entonces apenas podía salir de su asombro ante su fortuna. El asombro duró poco, apenas dos semanas y luego se desató el infierno. El mismo que ahora Eisnar relataba y que desplegaba los mismos días, las mismas quemaduras en el corazón de Asdaén. Eisnar le habló de las palizas que Roena recibió de su anterior novio, de los chantajes, de las amenazas, de la obsesión y la paranoia. De como todo eso se vistió de normalidad para Roena y como después impuso ese mismo vestido a Eisnar. De como para ella Eisnar fue sólo unos días esperanza y el resto el temor de una amenaza constante, de la confirmación de sus temores. Eisnar habló de su enclaustramiento, de su impotencia, la frustración de no saber ayudar y del temor a ser honesto para no desatar la tormenta. Eisnar habló de un final tan triste como Asdaén se pudiera imaginar: el odio, el alejamiento y el olvido. Se hizo el silencio y sólo entonces Asdaén salió de su trance. Miró al cielo -había luna llena- y suspiró. Las palabras empezaron a brotar. Eisnar miró a Asdaén y comprendió. Cuando el segundo silencio llegó, ambos se despidieron. Asdaén se quedó pensando mientras iba a buscar su moto. El sonido del motor le hizo sentirse tan ligero…

 

- ¿Cómo lo ves? – Le preguntó el instructor.
- Bien, bien- contestó con seguridad, revisando de nuevo el cuadro de mandos y vigilando la velocidad de descenso. Miró a su lado y vio que el instructor asentía impasible como siempre. Nunca sonreía y eso irritaba a Ramón más que cualquier crítica que le hubiera hecho en todas las horas de vuelo que ya llevaban juntos.

La pista de aterrizaje se acercaba lentamente, ligeramente difuminada por la humedad del invierno que se interponía entre la avioneta y la pista.

Ramón pensó en la noche anterior, en la extraña conversación que había mantenido con Nuria. Él estaba seguro de que tendría que haber insistido un poco más, de que la noche, a pesar de todo, había acabado demasiado pronto. Aunque, bien pensado, tratándose de Nuria decir que uno estaba seguro era exagerar. En cualquier caso, sí tenía toda la certeza que se puede tener ante una mujer tan desconcertante como ella, capaz de hacerte sentir el centro del mundo con su sonrisa y al instante siguiente desaparecer dejándote en el frío y la oscuridad. A fuerza de desplantes, Ramón había decidido que probablemente era mejor mantenerse lejos. Por lo menos de momento. “Además” pensó “la cerveza y la noche enturbian la cabeza y es mala cosa dejarse llevar por las hormonas. Luego vienen las complicaciones.”

Cuando levantó la vista notó los ojos del instructor clavados en su sién, siempre vigilantes como los de un guardián. Ramón volvió a revisar la posición de la avioneta respecto a la pista. Ya había sacado dos puntos de flap para compensar la mayor densidad del aire en invierno como le habían enseñado y todo parecía correcto.

- ¿Cómo lo ves?- Oyó de nuevo.
- Bien, lo entro seguro.
- Muy bien – respondió el instructor de nuevo mientras asentía.

Ramón se había ido acostumbrando a esas revisiones constantes. Al principio, siempre le habían hecho dudar. Entonces, recordaba que sonreía esperando del instructor una corrección o un consejo pero invariablemente él respondía con esa mirada dura y asentía como a cámara lenta con la cabeza.
Con el tiempo, Ramón se fue acostumbrando a la frialdad y al control constante. Al fin y al cabo, tal como el instructor había repetido varias veces, en el vuelo no hay margen a la inseguridad, es importante saber qué se estás haciendo y por qué. Hay que saber mantenerse frío y reaccionar a tiempo. “Esto no es como los exámenes del instituto”, le decía a menudo, “aquí un error o una duda suele pagarse mucho más caro que un suspenso”.

Volvió a verificar todo de nuevo y vio que todo estaba correcto. Sentía un peso en el estómago y le echó la culpa a la noche anterior. Se dijo que quizá debería darse una oportunidad con Nuria. Hacía mucho tiempo que no dejaba que nadie se acercara a él. No era eso. Quizá simplemente no era el momento. Todo acabaría llegando a su debido tiempo. La pista de aterrizaje se encontraba ya muy cerca, a poco menos de un par de kilómetros.

- ¿Todo bien?
- Sí, sí. Todo perfecto. Lo entro fácil.
- ¿Seguro?
- Sí, seguro.

Miró al revisor que asentía calladamente, con un aire ausente. Justo en ese instante, el tiempo empezó a pararse. El peso en el estómago se transformó en un vacío y vio que el mundo se difuminaba a su alrededor. Quiso mirar el cuadro de mandos y no pudo fijar su atención en ninguno de los instrumentos. Justo ahora cuando más necesitaba mantener la calma, todo estaba fallando. Lo único que venía a su mente era que cómo podía ser tan estúpido. No había salida y era demasiado tarde. Cómo era posible que el instructor no se hubiera dado cuenta. Pero era todo su propia culpa. Ahora era demasiado tarde, el suelo se acercaba vertiginosamente y la pista quedaba demasiado a la izquierda, demasiado a la izquierda y no había solución. ¡Dios, no había solución!

Los latidos parecían durar cada vez más aunque él sabía muy bien que su corazón se apresuraba tanto como él a la tierra. Se cubrió la cara con las manos y se preparó para el impacto. El instructor resopló, puso el motor a tope y tiró del timón hacia atrás mientras iba negando callada e impasiblemente con la cabeza.

 

Una cara se repite una y otra vez,
una y otra vez, una y otra vez
pero no está.

Tras las columnas y en los parques
bajo el sol, en la oscuridad y
en mi soledad, me persigue.
Una cara maldita que me atormenta
adueñándose de rostros ajenos,
clavando alfileres de tiempo en mi estómago,
con veneno de vacío en su punta.

Tras unas gafas, tras una melena rubia,
esa cara de desdén.
Me abandonó hace tiempo y voló
pero se cuela en los huecos
de mi debilidad y
me atormenta ignorándome.

Esa cara para quien ya no soy
y que se empeña en castigarme,
me dobla el corazón
en cada sacudida de realidad,
de una faz falsa y múltiple
en la que se repite su gesto.
Y aunque la desvelo,
luego no queda un suspiro
sino un gusano
y tristeza, tanta tristeza.

BCN, 27 de diciembre de 2006

 

PALABRAS DE TEN

Oh tú viajero que
cuando oyes, escuchas,
cuando caminas, ves,
que el sol te regale muchos días
que los mares te traigan muchos arribos
que la noche te obsequie con muchos regresos.

INVIERNO I

Ten era Ten, Ten sólo y rodeado
Ten en camino y Ten con gente
Ten con su máscara y sus pequeñas cosas
ten desperazándose en sus paseos.

Ten siempre era Ten,
en la locura de los días,
los trenes, las sonrisas fingidas
los desengaños y
Ten era sobre todo
cuando se disfrazaba de reflejo tras la jarra de cerveza turbia.

Ten era en los amaneceres tardíos
en los mediodías lanzados
en los anocheceres ignorados
en los remordimientos baldíos.
Ten era en sus madrugadas
en sus promesas del mañana
ante el tic-tac, tic-tac
que siempre cuenta y nunca resta.

Ten huía
y no sabía de qué.
Ten quiso ser siempre
y Ten era siempre
pero él no lo sabía.

PRIMAVERA I

Ten salía a la calle
y era primavera
y Ten no supo
que él era primavera
que él era olor, color y flores
que el era miradas furtivas al pasar
y las sonrisas de tonto afortunado.

Ten ansiaba,
Ten era un eterno cosquilleo en el estómago
y traspiés que hace tambalear un mundo
Ten era aquél que corre al trabajo
y fuera de sí mismo
fuera del tiempo y el mundo.
Ten era desafinado
Ten era un mal acorde,
un infinito eco de piedra en un pozo.

VERANO I
Ten era en las noches de agosto
en los sudores compartidos
y en los susurros de las soledades a dos
Ten era la piel que pensaba y no tocaba
los labios que planeaba y no besaba.

Ten era en su camino
y en sus regresos.
Ten era un encuentro diario con el sol
con el saludo de la brisa en su cara
con el chapuzón del eco de los lagos.

OTOÑO I

Ten era hierro y era fuerte
y ten caminaba cada día al filo del abismo
Ten era un barco a punto de irse a pique
Ten navegaba, solo,
ignorando tempestades.

Ten era en la lluvia
en las hojas de despedida
Ten era tras el cristal
en su música, sus sonatas,
su preludio de invierno.

INVIERNO II

Ten huía cada día al anochecer
y un buen día
Ten pasó a ser recuerdo y sol
las palabras que nunca se dijeron
y las promesas incumplidas,
un buen día Ten,
simplemente ya no fue.

Ten era sus recuerdos
y sus olvidos
Ten era todo lo que fue
todo lo que soñó ser
Ten era las veces que se odió,
las veces que amó,
y las que se quiso por ser.
Ten era él y el que fue
Ten era todo memoria
y todo olvido.