Veo mi sonrisa reflejada
y hoy, como siempre, lloro.
Lloro una lágrima eterna
congelada en gotas de tiempo, lloro.

Oigo mi risa fluir y disolverse,
la oigo retorciéndose en mi pecho y lloro.
Lloro con lágrimas hechas de suspiros, lloro.

Camino y, en el vaivén de una rama,
adivino el infinito y lloro,
con el corazón atado al infinito lloro.

Levanto la mirada , el sol me dice adiós,
y sus rayos se transforman en lágrimas.
“Sí” – me dice- “en cada ocaso y con cada amanecer,
tras el velo de turquesa incenciado,
lloro siempre,
lágrimas de fuego, lloro”.

 

Hoy es verano.
Es verano en el invierno otoñal
de una eterna primavera.
Es verano en el corazón el mundo
y abriga con su calor
mi corazón tan frío,
tan sumido en una soledad ficticia,
una soledad marchita,
a punto de ser arrastrada por el viento
y disuelta en las aguas del otoño de mi alma.

Hoy es verano.
Un verano de primavera
porque , a pesar de todo,
hoy y siempre,
todo comienza de nuevo.

 

Una tarde de sábado, en el café de las delicias, con la primavera asomando por la puerta.

Hoy soy y no soy, estoy y no estoy, muto y permanezco. Bajo mis párpados se desata un arcoírico caleidoscopio, un compás de tres cuartos a punto de estallar, un traspiés que desemboca en risas.

Las voces tejen un manto que se eleva hasta el techo y luego desciende suavemente para dar lugar al siguiente latido de realidad, radicalmente distinto al anterior y singularmente bello en su constancia.

Veo como puentes de aire se extienden y colapsan a mi alrededor, como jocosos juegos de naipes ejecutados por un prestidigitador ágil, agitado, sutil y esquivo.

Y yo floto en medio de todos esos puentes. Descubro que todo se ve hoy tan pequeño y tan abajo mientras mis pies se mueven ligeros y felinos provocando apenas pequeñas ondulaciones de realidad en el mundo.

 

Todo lo que puedo ver hoy
es lo que vi ayer,
pero con ojos nuevos,
a través de estas lentes de agua salada
que recogen el incendio del mundo
y lo convierten en una lluvia de color.

Todo lo que puedo sentir hoy,
es lo que sentía ayer,
pero con un corazón nuevo
que ha abierto sus ventanas
para que el viento barra sus paredes
y el sol ahuyente su oscuridad.

Todo lo que fui ayer,
es lo que soy hoy,
viendo como las aguas
se arremolinan y se calman,
baten entre sí y contra las rocas,
se reconcilian y fluyen.

Todo lo soy hoy,
es lo que siempre fui
un observador de aguas
sentado en una roca,
junto al río.

 

Se levantó y se dijo: “¿Estoy o soy?”

Soy apenas una mañana de primavera inexpresada, el último haz de oscuridad en los tiempos que aún no son.

Estoy atrapado en un instante inacabable, infinito, en una sucesión de gotas que se rompen en mil pequeños cristales para formar una imagen de la vida.

Estoy y soy, pero no me encuentro. Sencillamente, porque hay días en los que te encuentras muy lejos de ti mismo, donde te abandonas de la forma más cruel. Y entonces te descubres deambulando por las calles, con una punzada en el alma e intentando remendarla con hilos de rayo de sol.

Entonces, te descubres y no te queda otra que decirte “otro paso, no más, sólo necesito doblar la próxima esquina…”

 

Hoy ya no espero. Sólo dejo que el tequila se bañe en mi sangre mostrándome los secretos que siempre estuvieron ante mis ojos. Somos tan efímeramente eternos… En el peso que poseemos en este mundo descubriremos alas con las que volar. Somos tan complejamente sencillos y quién sabe si mañana estaremos aquí. Aunque eso, en realidad, tampoco importa.

 

Todo es aleatorio. Puede que quizá el compás de la música, ajustándose perfectamente al ritmo de tus pasos, no lo sea. O puede que tus largas piernas alineándose con las columnas de humo de la noche encerrada en este bar tampoco. Los latidos de mi corazón se superponen extrañamente al ondular de tu pecho y la luna llena de este cielo y este preludio de invierno ilumina con sospechosa claridad el estertor de la opaca oscuridad en mi interior ciñéndola de perfumes de primavera.

Todo es aleatorio. Y así como el orden nace del caos, todo cobra perfecto sentido.

 

Era un día perdido entre días. Isla, la niña querida del pueblo, recorría su pequeño mundo con unos pies diminutos, con un corazón grande, con una mirada de un azul infinito.

Isla notaba a cada paso el rozar rítmico de sus pies contra el suelo. Un pie, otro pie, un pie, otro pie… Ese latido subía por sus piernas y ascendía por su garganta para brotar en un manantial de flores. Isla traía la primavera al mundo con su sola presencia y todos la querían. Isla era la niña amada del pueblo.

Isla lanzaba notas de color al mundo y el viento se lanzaba entre su pelo para dibujar formas imposibles y danzar describiendo piruetas sobre su piel. Isla era la mañana del mundo y por eso todos la querían. Isla era la níña adorada del pueblo.

Isla llegó a una encrucijada y su pequeño mundo se nubló. Se llenó de niebla y de polvo del camino que le salpicaba la cara ahogando las notas de color de su garganta y las piruetas del aire juguetón. Isla miró a su alrededor y en su mundo estaba sola, hacía frío y el agua atravesaba su piel para arañarle los huesos. Isla añoró tanto a su pueblo…

Isla quiso descubrir cuál era el camino. Pero la encrucijada la asediaba con su mirada insidiosa y gritaba “¡decide!”. Isla no quiso mirar pero la encrucijada repetía “¡decide!” una y otra vez. Y el mundo se apagó. Isla tuvo miedo y quiso huir, pero a su espalda ya no había camino.

Isla lloró y recordó su pueblo, recordó las sonrisas de la gente, las miradas encendiéndose al verla pasar. Isla recordó el olor de primavera que envolvía sus pasos. Isla sonrió.

Isla descubrió que no había pueblo al que regresar. Su pueblo habitaba en su corazón y ella era siempre la niña querida, la niña amada, la niña adorada. Isla supo entonces que sus pasos sólo podían caminar los caminos correctos porque, allí donde estuviera su corazón, siempre encontraría su hogar.

Isla reanudó sus pasos. Un pie, otro pie, un pie, otro pie… Con su sonido despertó de nuevo el mundo. El sol dispersó a las nubes y los pies de Isla volvieron a crear ritmos que brotarían como notas de color de su garganta. Isla se rodeó de los árboles, se rodeó de los pájaros, se rodeó de sonrisas, del camino y del aire.

Isla dejó entonces de ser Isla y fue Mar, la niña adorada del mundo.

 

Ezequiel vivía junto con sus tres hijos en una solitaria cabaña de madera. Su techo se levantaba estoicamente en un paraje rodeado de césped y piedras apenas interrumpida por una pequeña parcela de tierra de cultivo. Ezequiel recorría con gesto preocupado el margen de sus tierras, este año extrañamente secas y áridas. Ezequiel rezó para que lloviera.

Pasaron las semanas y Ezequiel se levantaba siempre con el sol y ocupaba sus días mirando el cielo en busca de una nube salvadora. Pero el sol brillaba cruelmente día tras día y el rostro de Ezequiel fue forjando una expresión cada vez más taciturna.

Sus hijos lo veían desde la distancia, como quien observa un espejismo, sin entender muy bien qué ocurría. Ezequiel empezó a dormir cada vez menos y dejó siquiera de entrar en la casa más que para comer algo fugazmente. Los días los pasaba agazapado bajo la sombra de un árbol cercano, las noches tendido sobre el césped cada vez más escaso.

Tras varias semanas, la comida empezó a escasear. Los niños habían dejado de jugar y apenas si salían de casa por temor a encontrarse con la dura mirada de su padre.

Un día Izcar, el más pequeño de los niños, abrió los ojos en medio de la noche y su mirada topó con una sombra con forma humana, tan oscura que parecía absorber la luz. Izcar quiso gritar pero una mano fría como el acero apagó su voz y su aliento.

Al día siguiente sus hermanos encontraron a Izcar tendido sobre el suelo, como una marioneta a la que hubieran cortado las cuerdas. Ezequiel se encargó de enterrarlo junto al árbol próximo. Los hermanos de Izcar derramaron apenas unas lágrimas. En los ojos de Ezequiel no encontraron más que el reflejo de la pala hundiéndose en la tierra. Después, Ezequiel se sentó por primera vez en semanas con sus dos hijos, Azrael y Dunimán, para compartir el pan.

Con el paso de los días, el hambre se convirtió en un fantasma cada vez más sólido. Azrael y Dunimán empezaron a estar cada vez más nerviosos. Discutían con facilidad, se culpaban mutuamente de su situación, maldecían a su padre por su inoperancia y se lamentaban sin cesar de su mala fortuna y de la imposibilidad de escapar de las montañas.

En una de estas discusiones, Azrael, loco de hambre, propinó un puñetazo a Dunimán. Dunimán le miró con cara de incredulidad y se abalanzó con furia sobre su hermano. Ambos se retorcieron en el suelo hasta que Azrael, acorralado, asió una pequeña azada y la clavó en la cabeza de su Dunimán. Sólo reaccionó cuando la mirada vidriosa de Dunimán le cayó encima como una maldición y la sangre de su hermano muerto empezó a gotear sobre su cara. Quiso sentirse horrorizado, arrepentido, pero el hambre llenaba todo su ser sin dejar un sólo resquicio para el sentimiento. Azrael se levantó y se encontró con la silueta de su padre en el dintel de la puerta. Sin una palabra, Ezequiel recogió el cuerpo de Dunimán y lo cargó a su hombro. Poco después Ezequiel y Azrael compartían de nuevo el pan juntos sobre la mesa.

Al poco tiempo, Azrael notó como el chillido impenitente del hambre le saludaba cada mañana y no dejaba de atravesarle la sién hasta que, al caer la noche caía rendido a la oscuridad. Pero una noche ya no tuvo fuerzas para cerrar los párpados y se encontró mirando al techo y maldiciendo a su padre. Él tenía la culpa de todo. Él era el responsable de su sufrimiento. Azrael se levantó y sigilosamente se hizo con un cuchillo. Miró por la ventana y vio a su padre inmóvil, tendido sobre el césped. Azrael aguardó conteniendo el aliento hasta que estuvo seguro que su padre dormía. Entonces se acercó despacio al bulto tendido en el suelo y la escasa luz de la luna menguante destelló en el acero levantado hacia la noche. Azrael no supo nada más. Sin entender cómo, sintió como su rostro se hundía en el suelo y una mano fría se llevaba el poco calor que quedaba en su garganta.

A la mañana siguiente, Ezequiel enterró a Azrael junto a su hermanos y lanzó la pala entre los matorrales. Nadie podría volver a utilizarla. Ezequiel miró a las pequeñas bayas de los arbustos cercanos. Las había visto hacía varios días pero entonces no consiguió que ni siquiera eso le importara. Se tendió en el suelo junto a la tumba de sus hijos y a la sombra del árbol cercano. Miró el cielo. No habría más ojos en su familia que se asomaran a él. Cerró los párpados y notó el frío de una nube viajera. Suspiró por última vez. Gotas de lluvia limpiaron su cara.

 

Armir abrió los ojos. Sus ojos reflejaron la tímida cabellera del sol despuntando tras el horizonte y el azul naranja de un cielo que es el espejo del tránsito entre dos mundos.

El olor de la sal marina se apoderó de su cuerpo y Armir sintió que los granos de arena bajo su espalda también eran mar, que las olas del viento surcaban el espacio sobre su cabeza, que los primeros pájaros de la mañana navegaban en un fluído que lo es todo.

Armir se incorporó lentamente sobre sus codos y volvió a entornar los ojos. El mundo le saludó con un halo de resplandor que envolvía en un abrazo todas las cosas. Armir inspiró y a su suspiro le siguió el rumor de los árboles del bosque a su espalda.

El cuerpo de Armir estaba entumecido por la noche al raso. Armir jugó a no tener cuerpo y así la mirada de Armir pasó a flotar sobre su cabeza y a pasearse llevada de la mano del viento. La mirada de Armir se convirtió en la mirada del Universo y contempló la Belleza.

La Belleza le saludó en silencio para condensarse en apenas una gota de mar que brotó de los ojos de Armir, para acariciar su mejilla.